El monte se ha comido la luna. Chispean lejos grandes pedazos crocantes de nada que fosforescen la noche… ha nacido, sin querer, otra vez el llanto.
Lejos están muriendo todas las avecillas que alguna vez cantaban de pura letanía. La naturaleza es una gran ironía a la estupidez sapiente de los corazones rotos.
Iba a ponerle tu nombre a una canción… fue entonces que descubrí que los acordes me habían nombrado a mí y me sentí el imbécil mas elocuente que tramitaba el derecho de vida en este amargo sillón de poliéster.
No me quieras recordar ninguno de nuestros momentos. Tírame las orejas, como para despertar agazapado, el mal hábito de extrañarte. O al menos extrañar lo que pensé que eras. No dejes que mendigue, porque si mendigo es por rutina, no porque te quiera.
Y la música, ese barril sin fondo en el que nunca acordamos. Acá el ruido y allá los gritos. Es un mal momento para empezar a pretender que alguna vez pudimos, o alguna vez quisimos. Todo lo que queda es ese nombre, vibrando en la penúltima cuerda, como un canapé de estiércol que uno no se atreve a digerir.
A veces, solo a veces, es mejor dejar ir las cosas. Dicen que si vuelven eran de uno. Qué se joda la vuelta… hoy todo perece.
Ya soy solo un nombre. Un nombre cínico escrito en la pantalla del ordenador. Un montón de luces, píxeles, que desfiguran cada tanto si varía la tensión. Todas esas cosas, alguna vez nos reprimen, y otras tantas nos espantan. Y otras, lloramos. Ya soy solamente un nombre, un pedazo de cartón o polipropileno sólido. Ya he desfigurado, como esos lugares nuestros que ya no figuran… los que se comió mi hartazgo y el maldito dolor. Ya soy solamente un nombre, un nombre con tripas y problemas intestinales y de aliento.
Él escribe lindo. Escribe lindo soledad, dolor y llanto. Porque por alguna razón con falda perdió los buenos hábitos de encontrar brillo en la zapatería. Escribe lindo, porque es un imbécil que se encerró a los libros y se olvidó de las bufandas, del frío, la montaña y la televisión (¡Jamás las faldas!). Escribe lindo… siempre sólo y con letra chueca… las piernas de la abuela.
Los días no pasan. Se sientan en la entrada y no pasan. Son como los vampiros que si uno no los invita explotan de vergüenza.
Y el mar, si alguna vez habré tenido un sancho panza tan bruto y desabrido habría sido el mar que además de testarudo es fuerte y grande; el compañero perfecto para jugar a “ya no existo” o “muérete maldita, adiós mundo cruel”
Él, cuando está solo mira las ventanas. Las ventanas tienen reflejos. Las ventanas, en algún lugar de las ventanas hay un trozo de historia tartamuda que balbucea nombres. Ejemplo. El corazón grande de la derecha se llama Estefanía. La mano desdibujada Josué. La mugre se llama Olvido y la flecha del corazón, Santiago.
Y si alguien ve mis restos que se los coma. Han dicho ya hace largo rato que la antropofagía es el primer camino hacia los hombres. Y el camino hasta la tierra. No dejemos sangrar a las palmeras, ni que la extinción seleccionada nos elija. Huyamos, muertos de miedo, hasta las banderas. Porque las banderas ondean sombras que son como sinsontes sin apellidos y con muchos nombres.
No permitamos al monstruo volver, sin primero morir desinhibidos.
Él. Se aburre cuando esta rodeado de gente porque padece de un síntoma deidoso de exclusividad. Se sienta en las esquinas, pucho y buche (en vez de boca) y los mira a todos. Es que ser tan exclusivo es un manjar.
Cuando uno acumula tristeza. Es como acumular monedas. El cepo no da abasto y entonces hay que romper o dejar de meter. A eso los intelectualoides le llaman H-E-C-A-T-O-M-B-E. Y es como tener una vida como la del escritor.
Nos han echado la culpa de un tabú. Todos los tabú tienen que tener un nombre para admirar o para huir…. Para ponerle nombre a nuestra culpa o para bautizar nuestras reservas ético-morales. Tabú.
Yo quería hacer un bosque solamente para que tú seas la campesina. Un bosque de estrellas ennochadas que se ahoguen a falta de oxigeno y luz. Un bosque con una casucha de árbol en la que él se encierre a perseguir sus letras y tú puedas acustizar tus ruidos. Como un estudio de música pero en la mitad de nada y sin micrófonos y mucho verde… porque a ti te gusta el verde.
Él sueña. Todos sus sueños tienen un nombre… y la mayoría hasta piernas, espalda, manos y caderas. Cuando se acuesta susurra… qué coincidencia, todos sus miedos, hoy, tienen el mismo nombre que sus sueños.
Como suele decirse, el mas hombre, el mas bruto. El mas inteligente, el mas cobarde. El mas sensible, el menos apto. Y el imbécil… debemos ser todos imbéciles si la raza va a evolucionar.
Te quiero. Se lo quería decir desde hacia rato. Una paloma se comió el último granito del lexema que estaba pululando estúpidamente en la plaza. Después lo defeco sobre un automóvil y entonces fue el estiércol. Jamás pudo querer.
Él sabe ser muy amoroso. Sabe decir por favor, mucho gusto, gracias, te quiero, te extraño, te amo y quiero estar contigo. Sabe vomitar color rozado y sonreír con los dientes frontales de su maxilar inferior torcidos. Saber ser un incompetente. También sabe ser matriarcal. Sabe aguantar, sabe esperar, sabe sufrir… sabe quejarse… pero sobre todo, ser amoroso. Porque es lo único que exime.
Quería encontrar una manera de encajarte a ti en todo mi desorden. Hice espacio en todos los rincones (hasta en el balcón) y jamás pudiste entrar. Esque los pisos de hoy son muy pequeños, todo es con las justas.
Él ya sabe muy bien como es la escarcha. La nieve le ha pedido consejos para perfeccionar su toque de nihilismo y lerditud.
Entonces los aviones pasan volando y una sinfonía acampa en la mitad, justo en la mitad, del departamento. Todos gritan y lloran. Abajo hay una luciérnaga preñada de luz que está pariendo un corazón (como la canción de Silvio). Ella está lejos. Él esta pintando de verde las sabanas a ver si por lo menos logra coquetear algún recuerdo que pueda arrullarlo la noche y él abrazarse a ella… -perdón, o a él, el recuerdo.
Él, entonces, es un ciudadano burbuja.